INAUGURACIÓN EXPOSICIÓN MANUEL SAAVEDRA ROCA

PALABRAS DE LA ALCALDESA, MARÍA JOSÉ MARTÍNEZ DE LA FUENTE, EN EL ACTO INAUGURAL DE LA EXPOSICION EN HOMENAJE A
MANUEL SAAVEDRA ROCA
(Aranjuez, 7 de febrero de 2013)

Recoge el “Refranero”, compendio de la sabiduría popular, un dicho que todos repetimos y que en esta ocasión responde a una singular verdad: “Ser agradecidos es ser bien nacidos”. Nos reunimos esta tarde para homenajear a un pintor al que los ribereños consideramos nuestro porque, aunque nacido en Madrid, pasó la mayor parte de su vida en Aranjuez: Manuel Saavedra Roca. Y esta exposición retrospectiva que reúne pinturas, esculturas, objetos personales y recuerdos de su trayectoria, es una prueba de que al honrar a aquellos creadores que merecen nuestra admiración estamos cumpliendo una deuda, honrando lo que les debemos y honrando a nuestra ciudad. Es el caso de Manuel Saavedra.

Aranjuez, pueblo de bien nacidos, proclama su gratitud a un artista de singular valía que otorgó trascendencia y vitalidad imperecedera a lo que todos gozamos cada día de manera natural: nuestro río Tajo, nuestras huertas, nuestros sotos, nuestros jardines… Y la luz y el agua que dan especial sentido a nuestra ciudad y su entorno desde el principio de los tiempos y que ha hecho que sea como es y, acaso, que los ribereños seamos como somos.

Saavedra llegó a Aranjuez tras la guerra civil y aquí conoció y padeció las privaciones de un tiempo difícil. Había pasado la guerra en una residencia infantil valenciana con otros niños refugiados que huían de una capital asediada. En aquellos momentos de penuria, con el lápiz como defensa y como apoyo, el pintor encontró su vocación y su camino. El Mediterráneo le subyugó, como habría de subyugarle muchos años después el Atlántico gallego. Y, sin embargo, los colores del mar, tan distintos en Levante y en Galicia, no impidieron la desembocadura en la que él llamó después la etapa “tremendista” de su obra. En la estela de Goya, con el que se consideró siempre en deuda, trasladó sus “desastres de la guerra” a una pintura dura, oscura, de contrastes entre tonos negros y blancos, como en un deseo de salir adelante desde la denuncia de las desigualdades, las injusticias, el oscurantismo y la tragedia.

En su senda de una pintura comprometida con el ser humano, con sus problemas, con su vida interior intensa, son significativas sus obras referidas a personajes y episodios del Quijote, como personificación de quien anda por esos mundos para “desfacer entuertos”. Es su viaje pictórico de las oscuridades a la luz, dentro de una obra transitada por la psicología, por el estudio de personajes y situaciones.

La vida en Aranjuez, la asunción del color, de la luz, del agua, del sol, le llevaron al impresionismo. Los objetos, los volúmenes se sumergían en la luz y quedaban, por así decirlo, en un segundo plano perceptivo. Entendió a los impresionistas franceses, en la línea de Monet y de Gauguin, y encontró las particularidades de los maestros del impresionismo español: más inquietud, más nervio, más rebeldía. Así Beruete, Regoyos, Mir y el primero de todos: Sorolla.

Saavedra llegó al impresionismo y lo trató con especial maestría. Hizo a la luz aún más protagonista de su obra. Entonces dejó atrás su antigua pintura psicológica, un medio de arreglar cuentas con los malos recuerdos de su adolescencia. Y confesó: “Ya no aspiro a arreglar el mundo como en mis años de juventud”. La explosión de la naturaleza que le aportó Aranjuez tuvo cada vez más espacio en su concepción del arte.

En nuestra ciudad trabajó como delineante creativo en la fábrica de Experiencias Industriales, junto a otros profesionales procedentes de las Escuelas Loyola. Desde su primera época pictórica su principal equipaje fue su prodigiosa imaginación, su sabiduría para sacar partido de la realidad distorsionándola y engrandeciéndola; llenándola de resortes personales.

Saavedra residió en Le Pecq-sur-Seine y en París durante un periodo de su vida, realizó exposiciones en Francia, vendió cuadros en Europa y en América, y según avanzaba su vida más obras suyas figuraban en colecciones privadas de muchos países. En Francia obtuvo la Medalla de Oro en la Bienal Internacional de Arlés, en 1981, por uno de sus relevantes paisajes. Pero siempre tuvo a Aranjuez como su referencia vital.

Su presencia en la vida cultural de nuestra ciudad fue continua. Fue el autor de la expresión gráfica del escudo heráldico de Aranjuez, que le encargó el Pleno Municipal del Ayuntamiento sobre el estudio heráldico del entonces Rey de Armas de España, Vicente de Cadenas y Vicent, y realizó carteles de Ferias, Fiestas y espectáculos taurinos. Perteneció al Colectivo Ribereño de Acción Cultural (CRAC) que reunía, en los años ochenta del pasado siglo, a los artistas más destacados y vanguardistas de Aranjuez.

Al final de su vida, Saavedra volvió sobre temas clásicos en él, como los motivos taurinos, de los que tan cerca se sentía ya que en su familia había banderilleros y novilleros. El mundo de los toros, dentro su preocupación sostenida por el paso del tiempo, representa una burla a la muerte, un modo de enfrentarla bellamente aun sabiendo que es implacable. Y una reflexión parecida podría hacerse sobre su atención pictórica a las brujas, que para él no son criaturas negativas ni despreciables sino personificaciones de que el tiempo pasa, y por ello sus brujas son claroscuros de mujeres ancianas, en escorzo de negros y blancos, en donde la luz es una intuición.

Además de pintor, Saavedra se interesó desde su juventud por la creación escultórica, utilizando materiales de la naturaleza (raíces, piedras, conchas, fósiles…), en una obra imaginativa, sencilla y personalísima, de la cual tenemos muestras en esta Exposición.

Es para mí muy grato recordar que el Pleno Municipal aprobó por unanimidad el 2 de octubre de 1995, a propuesta de la entonces Concejala de Educación y Cultura, María Teresa Suárez, y siendo Alcalde José María Cepeda, dar el nombre de una calle de Aranjuez a Manuel Saavedra. Igualmente, el Pleno Municipal que me honro en presidir, aprobó por unanimidad, el 23 de enero pasado, a propuesta de la Concejala de Cultura, Araceli Burillo, la celebración de esta Exposición retrospectiva, como un homenaje que nuestra ciudad le debía. De esta forma queremos reafirmar la relevancia del artista y nuestra gratitud como ribereños no sólo por su trayectoria como creador sino también por su categoría humana.

Nuestra ciudad ha sido recreada por numerosos artistas a lo largo de la Historia. Desde Antonio Carnicero, en 1764, cuando pintó su “Globo Montgolfier en Aranjuez”, obra que se conserva en el Museo del Prado, o el pintor italiano Fernando Brambila que realizó en 1830, por encargo de Fernando VII, sus “Vistas de los Sitios Reales y Madrid” entre las que hay 27 estampas dedicadas a Aranjuez, hasta el pintor catalán Santiago Rusiñol que inmortalizó en numerosas obras nuestros Jardines y que murió cuando estaba frente a su caballete pintando uno de sus bellos rincones. En esa visión pictórica de Aranjuez hay que colocar, en lugar de honor, la obra de Manuel Saavedra.

Para conocimiento y ejemplo de las nuevas generaciones de ribereños, y como satisfacción para todos, rendimos homenaje a Manuel Saavedra en esta Exposición que nos acerca a su obra y a su rica personalidad.

1 comentario »

  1. Rafael Muñoz dice:

    Tuve la gran suerte de ser amigo y compañero de trabajo de Manuel Saavedra y siempre recuerdo su valerosa forma de ver la vida y su inteligencia para interpretarla. Un fuerte abrazo para todos sus familiares.


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